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Artículo de Juan J. García Estévez: ¿Por qué el corte del rabo a un perro de caza puede ser beneficioso?

en Domingo, 08 Octubre 2017. PUBLICADA EN Noticias 2017

Madrid, 2 de octubre de 2017

El Convenio Europeo sobre protección de Animales de Compañía, redactado en Estrasburgo el 13 de noviembre de 1987, prohíbe cortar las cuerdas vocales, las orejas, extirpar las uñas y los dientes, y, el punto que más debate social ha suscitado, la amputación de la cola a los animales de compañía.

Y aunque la nueva legislación hace una excepción y autoriza la amputación del rabo en perros dedicados a la actividad cinegética, permítanme una reflexión sobre esta prohibición como veterinario clínico en ejercicio desde hace más de 30 años, y con especial dedicación a los perros de caza.

Nunca he tenido que cortar la cuerdas vocales a un perro, y si algún propietario se ha interesado por esta cirugía era porque ya no podía soportar los ladridos constantes de su perro o, mejor dicho, no los soportaba su vecino, el cual le había denunciado.

La mayoría de estos perros han terminado con un collar que les daba una descarga eléctrica cada vez que intentaban expresarse –y de por vida–, o eutanasiados o, lo que es peor, abandonados. Jamás he conocido a nadie que haya decidido realizar esta operación por una ocurrencia momentánea o por una satisfacción morbosa.

Soy contrario a extirparle las uñas a los gatos, pero he tenido que hacerlo en algunas ocasiones. Cuando a nuestra consulta llega un propietario con un gato con un fuerte instinto de marcaje con las uñas, le explicamos todas las pautas que deben hacer para cambiar la conducta. Pero no todos los gatos modifican sus hábitos.

Si después de un tiempo el dueño vuelve desesperado diciendo que ha tenido que cambiar todas las cortinas de la casa y el sofá y que como siga así el asunto el gato sale por la ventana, optamos por quitarle las uñas. Sinceramente prefiero un gato sin uñas viviendo al cuidado de una familia a un gato abandonado en un medio en el que no sabe ganarse el sustento y condenado a una muerte agónica casi segura.

Pero me voy a centrar en el tema del corte de rabo o caudectomía, que es como se denomina técnicamente.

La amputación de la cola es una práctica tradicional en los perros de campo por diferentes motivos. El más próximo –aunque no el único– es evitar el daño que en este órgano sufren los perros de pelo corto al trabajar en el monte cerrado o/y al vivir en perreras donde el espacio es reducido.

De ahí que a razas como el perdiguero de Burgos o el pachón navarro se les ampute el tercio final de la cola para evitar daños, pero a la vez mantener su expresividad durante la caza.

Como se pueden imaginar, siendo como soy un veterinario muy vinculado al mundo cinegético, he amputado numerosos rabos a perros de trabajo. Puedo afirmar sin ningún genero de dudas que, haciéndolo con una buena praxis quirúrgica, ni sufre el animal ni tiene complicaciones.

He leído en diferentes medios de comunicación una serie de justificaciones en contra de estas amputaciones que jamás he visto ni que otros veterinarios que realizan caudectomías me han comentado.

Entre estas justificaciones están que producen atrofias del tercio posterior, problemas de comunicación, infecciones o hipersensibilidad de la zona.

Es especialmente hilarante el tema de la comunicación. Nunca he visto –ni he oído a nadie que lo viera– que un perro tuviese problemas de comunicación por no tener rabo. La comunicación del perro es mucho más rica y compleja que el simple meneo de la cola.

En cambio, sí he visto problemas secundarios en las castraciones, especialmente en hembras, que son muy promovidas por sectores animalistas. En la actualidad no se puede adquirir un perro de una protectora si no está castrado o el nuevo propietario se compromete por escrito a hacerlo.

Esto también tiene implicaciones médicas, con posibles problemas secundarios importantes, que en este caso parece no tenerse en cuenta.

Se me antoja que detrás de este asunto está la gran diferencia entre el estilo de vida de la gente de ciudad y de la vida rural, que va en franca regresión. Muchas de estas ideas, cuando menos, causan risa, cuando no estupor, a la gente del campo.

Como dirían en mi pueblo, son cosas de «paletos de ciudad». Tengo la sensación de que la gente que defiende a ultranza estas posturas extremas está muy alejada de la realidad de los animales, esa realidad que convive día a día con la gente del campo.

Los de ciudad tienden a pensar que un perro ha nacido para estar en un sofá dentro de casa, sin hacer nada en todo el día. Pero la verdad es que los perros tienen pelo para soportar las inclemencias del tiempo, y lo mudan dos veces al año para adaptarse al frío del invierno y al calor del verano. Por lo que es fácil intuir que un perro, en condiciones normales, está mejor y más sano al aire libre que confinado en un piso de 80 metros.

Al hilo de esto, me llama la atención que la mayoría de los movimientos animalistas se manifiestan en contra de la explotación de los animales. Yo también lo estoy, pero no hasta el extremo de no tomar leche o comer huevos porque se explota a las vacas o las gallinas, como los veganos promulgan.

Por supuesto están en contra de la caza, y dicen que la utilización de perros en la actividad cinegética es explotación animal, lo cual es absolutamente falso. Tengo una perrita teckel que ha sido mi compañera de caza en los últimos 14 años. Por una reciente enfermedad –y también por su edad– se ha quedado repentinamente ciega.

Esto se ha convertido en un pequeño problema familiar porque notamos que nuestra perrita sufre, y sufre de verdad. Pero no sufre por estar ciega, ya que conoce la casa y su entorno perfectamente y se mueve con soltura y libertad. Sufre simplemente porque no puede salir al monte conmigo.

Actualmente tengo que seguir una sofisticada estrategia para vestirme con la ropa y botas de campo y salir por algún lugar que ella no pueda olerme y detectarme, de lo contrario se pone a llorar y ladrar desconsoladamente.

A los perros de caza les apasiona el campo, salir al monte y cazar. Ningún perro se siente explotado por ello.

Pero lo que más me preocupa de todo esto está por encima del tema del corte de rabo, de los perros de caza y de la explotación animal. Parece que hay determinados sectores que no paran de buscar argumentos para el enfrentamiento, para dividir la sociedad en dos. Y da igual qué asuntos sean, les interesa esta dicotomía porque sacan ventaja creando una sociedad de buenos y malos.

Por supuesto los malos son los otros, a los que desprecian por su bajeza moral u otros motivos, y ‘venden’ que ellos vienen para mejorarlo, casualmente imponiendo sus criterios. Esto se llama fundamentalismo y se define como «exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida».

A lo largo de la historia siempre ha habido –y los hay actualmente, muchos– intransigentes que por cualquier método intentan imponer sus creencias religiosas, políticas o morales a los demás. Se creen en poder de la verdad absoluta y por ello tienen derecho a prohibir a los demás lo que ellos creen incorrecto.

En resumen, la amputación de la cola en el perro es una técnica que se ha utilizado durante milenios por diferentes motivos, pero principalmente para evitar daños durante el trabajo. El hecho de que sea una práctica ancestral no justifica por sí misma que se realice en la actualidad, pero sí porque ha demostrado ser útil y en absoluto nociva para los animales.

Realizada en cachorros de corta edad, con un mínimo de higiene y un poco de anestesia local, es una práctica inocua que puede aportar beneficios al perro de trabajo. Por ello considero injustificada su prohibición en el presente o en el futuro, que tan solo obedece a criterios sectarios fácilmente rebatibles.


Juan J. García Estévez

Veterinario


Enlace artículo: Revista Trofeo Caza.

Artículo revista Trofeo Caza

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